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21 de mayo, Día de la Afrocolombianidad

Mayo 20, 2022

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21 de mayo, Día de la Afrocolombianidad

Por largo tiempo, “negro” fue sinónimo de esclavo, pero su inclusión a labores de la economía colonial y su “adaptación” a las formas sociales, laborales, culturales y religiosas de los colonizadores, conllevó a que se reconociese en los esclavos negros la lealtad, la docilidad, el servilismo a los amos, la competencia para desempeñar funciones de responsabilidad. 


Por Matilde Eljach Pacheco*
Laineth Romero de Gutiérrez**

A partir de 1492, los conquistadores y colonizadores europeos, recrearon para sí y para el Nuevo Mundo, el ser americano: ese otro referido, medido, desde los esquemas asimilacionistas de igualdad—identidad, resaltando en ellos su situación de bárbaros. Los aborígenes americanos y posteriormente los africanos esclavizados no conocían la lengua castellana, en su condición de “infieles” no conocían al Dios de los cristianos, por ello debían ser sometidos para que se cumpliera la labor “evangelizadora”. La oposición presentada por los indígenas al avasallamiento físico y cultural fue tomada como un afianzamiento de las carencias impuestas desde la mentalidad del español. Se confirmaba la hipótesis: debían ser evangelizados y salvados (Barona, 1995). 

El hecho de ser los españoles cristianos, y los “otros” infieles , era un buen puntal para la consecución de sus propósitos. Es en esta época cuando se apuntala la doctrina aristotélica de que hay servidumbre por naturaleza, porque hay seres que por su misma naturaleza son incapaces de gobernarse, la religión católica convertiría a los nativos que “apenas merecían el nombre de seres humanos”, en hombres civilizados. El pretexto colonialista de la salvación era trascendente. 

Con relación a las personas africanas secuestradas en sus lugares de origen y traídos a América en condición de esclavizados, fueron vinculados al sistema productivo implementado durante el periodo virreinal, en escenarios de vulnerabilidad, bajo situaciones deplorables en contra de la dignidad humana; heredando a sus descendencias, tales condiciones. Heredad que hoy se manifiesta en los altos porcentajes de marginalidad, pobreza, exclusión, a los que siguen sometidos muchísimos habitantes de las costas colombianas en las que se asientan predominantemente los pueblos afrodescendientes.

Por largo tiempo, “negro” fue sinónimo de esclavo, pero su inclusión a labores de la economía colonial y su “adaptación” a las formas sociales, laborales, culturales y religiosas de los colonizadores, conllevó a que se reconociese en los esclavos negros la lealtad, la docilidad, el servilismo a los amos, la competencia para desempeñar funciones de responsabilidad. En la medida en que la institución esclavista fue perdiendo legitimidad y viabilidad económica, estos hombres y mujeres asumieron tareas de servicios personales y domésticos. La literatura colombiana del siglo XX exalta esta realidad:

“Dominga de Adviento, una negra de ley que gobernó la casa con puño de fierro hasta la víspera de su muerte, era el enlace entre aquellos dos mundos. Alta y ósea, de una inteligencia casi clarividente, era ella quien había criado a Sierva María. Se había hecho católica sin renunciar a su fe yoruba, y practicaba ambas a la vez, sin orden ni concierto. Su alma estaba en sana paz, decía, porque lo que le faltaba en una lo encontraba en la otra. Era también el único ser humano que tenía autoridad para mediar entre el marqués y su esposa, y ambos la complacían. Sólo ella sacaba a escobazos a los esclavos cuando los encontraba en descalabros de sodomía o fornicando con mujeres cambiadas en los aposentos vacíos. Pero desde que ella murió se escapaban de las barracas huyendo de los calores del mediodía, y andaban tirados por los suelos en cualquier rincón, raspando el cucayo de los calderos de arroz para comérselo, o jugando al macuco y a la tarabilla en la fresca de los corredores. En aquel mundo opresivo en el que nadie era libre, Sierva María lo era: sólo ella y sólo allí. De modo que era allí donde se celebraba la fiesta, en su verdadera casa y con su verdadera familia”.  (García M., 1994). 

El “otro” es una construcción política, históricamente inscrita en relaciones de jerarquía que, como construcción social, responde al reconocimiento de nuestras propias negaciones, o a la estigmatización de nuestra “naturaleza”. O bien, de aquellos “atributos”, o valoraciones que deseamos, que necesitamos, o que idealmente nos otorgamos. Los sentidos que conferimos y desde los cuales abordamos social y culturalmente al otro, definen nuestro sentido y concepto de alteridad, intervenida por las proyecciones polarizantes que la expresan y le dan posibilidad de realización. Desde siempre el “otro” fue conocido y relatado con base en los referentes culturales de quien lo descubre (Eljach, 2017).

La Colonia en territorio americano, como todo período histórico, construyó diversidad de escenarios de integración social y cultural entre los españoles, los indígenas americanos y los africanos esclavizados, que  propiciaron igualmente diversas formas de interlocución, expresada  en procesos de adaptación a través de las prácticas económicas, culturales y sociales; también mediante estrategias de mimetismo táctico para resguardarse de la agresión y sobrevivir; optando por las múltiples formas de resistencia,  especialmente a través del cimarronismo, buscando establecer un diálogo  patrimonial. Este “diálogo” entre culturas, no podía ser lineal, porque lo simbólico cohesiona en el desajuste y desajusta en la cohesión.  Y en tanto el lenguaje es una forma de dominio, porque como se nombra se cree, y como se cree, se construye realidad, y, porque como se cree se establece un complejo de poder y un lugar de inscripción en el contexto del poder, porque lo simbólico no es un mapa cognitivo, una forma de interpretación: es una forma de ser, de existir y de persistir. 
La metanarrativa impuesta por la modernidad, descalificó como no competente el saber particular, local, regional, de la gente; el “saber histórico de las luchas”, al considerarlo inferior, ingenuo.

Es necesario reescribir la historia para mostrar cómo en el pasado y en el presente, los afrodescendientes han estado implicados en las dinámicas socio culturales, económicas y políticas del país, la región y las ciudades; por lo tanto, urge visibilizarlos porque no han sido pasivos, han sabido jugar, adaptarse y muchas veces beneficiarse de diversas situaciones y contextos, pero sigue siendo evidente la poca mención que la historiografía oficial hace de estas presencias. Hay una franja “gris” en el proceso de inserción y construcción de territorio y comunidad, que riñe con la imagen idealizada y esencializada de los afrodescendientes en el territorio americano. Es construir nuevas formas de aprender la presencia de los pueblos, como formas no occidentales de ser y estar en el mundo (Albán A., 2006).

Referencias

Albán A., A. (. (2006). Texiendo textos y saberes. Cinco hilos para pensar los estudios culturales, la colonialidad y la interculturalidad. Popayán: Universidad del Cauca.
Barona, G. (1995). La maldición del midas en una región del mundo colonial. Popayán 1730–1830. Cali: Facultad de humanidades Universidad del Valle.
Eljach, M. (2017). Las voces de las piedras que enfrentan a los dioses. Inacabada resistencia de los afrodescendientes en Popayán. Popayán: Universidad del Cauaca.
García M., G. (1994). Del amor y otros demonios. Bogotá: Norma.


*Doctora en Antropología. Investigadora Universidad Simón Bolívar. Grupo de investigación: Historia, Sociedad y Cultura Afrocaribe. Departamento de Ciencias Sociales y Humanas.
**Doctora en Historia y Artes. Profesora investigadora Universidad Simón Bolívar. Grupo de investigación Historia, Sociedad y Cultura Afrocaribe. Departamento de Ciencias Sociales y Humanas.

 

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