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UN PUÑADO DE DOLIENTES, LA ESPERANZA QUE LE QUEDA A CIUDAD RODEO

Diciembre 04, 2019

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UN PUÑADO DE DOLIENTES, LA ESPERANZA QUE LE QUEDA A CIUDAD RODEO

El padre Martín Hernández bendice a su comunidad. Manifiesta que le duele cómo en tan pocos años, este complejo habitacional se ha deteriorado por el vandalismo y el olvido.

Al margen del Anillo Vial, sector occidental, queda Ciudad Rodeo, uno de los complejos de edificios gratis más nuevos que el Gobierno Nacional entregó en el departamento, pero también uno de los más arruinados por cuenta del vandalismo, falta de unión entre sus vecinos e intolerancia. 

Cada domingo el sacerdote Martín Hernández, líder de la comunidad católica anglicana, parquea con afán su moto al lado del complejo habitacional Ciudad Rodeo, en el Anillo Vial Occidental de Cúcuta, para iniciar la eucaristía. Siempre que llega al sector baja raudo por la carrilera, camina unos pasos por la cancha de microfútbol y se acerca al deteriorado quiosco comunal en donde lo esperan un puñado de feligreses.

Tiene afán en los preparativos de la ceremonia que comienza a las nueve de la mañana. No importa el sol abrasador, la sensación térmica que supera los 34 grados centígrados o la falta de un lugar adecuado para llevar a cabo la misa. El padre saca de una maleta la sotana, hábito requerido para la solemnidad de su eucaristía; acto seguido, se persigna y ofrece a sus fieles el sermón  de la semana con la misma preocupación de hace unos cinco años: “¡A todos nos faltó mayor sentido de pertenencia y unidad comunal!”

Quienes distinguen al padre Hernández saben que es un hombre de palabras sinceras y de actos. Por eso, consideran que tiene la razón y es hora de unírsele en su empeño de buscar el cambio de la comunidad, que cada vez es más desunida, más intolerante y menos solidaria, dando pie al crecimiento de la inseguridad, el vandalismo, la drogadicción y el surgimiento de pandillas.

Según el padre, se ha reunido con la Policía y la Alcaldía. La Universidad Simón Bolívar ha llegado con jornadas de sicología y trabajo social para estudiar métodos que conlleven a soluciones definitivas que acaben con la anarquía reinante. De hecho, la Unisimón financiará un proyecto que busca intervenir a Ciudad Rodeo, el cual empezará en algunas semanas. “Esperamos que la gente participe para bien de la comunidad”, dice el padre. 

La congregación convocada por la Iglesia anglicana no llega siempre a los 50 feligreses. En ocasiones aparecen 10 o 15 personas; son pocos los que se animan a asistir a los encuentros, aunque Ciudad Rodeo cuenta con unos 1.020 apartamentos. Con suerte, dice el padre, algunas veces se ha logrado reunir a 200 personas cuando hacen entrega de mercados, “¡pero casi siempre son un puñado los que persisten en querer mejorar su barrio a través de la iglesia!”, recalca. 

Visitar un domingo el complejo habitacional es encontrarse con una difícil realidad. Se ven niños descalzos jugueteando sin vigilancia de adultos responsables, mientras tanto, algunos hombres y mujeres se entregan al juego, el descanso, la música a alto volumen y hasta el consumo de licor. 

Esto no es lo que pretendió el Estado cuando construyó estos edificios y los entregó gratis a las víctimas y desmovilizados del conflicto armado, personas en extrema pobreza y damnificados por el invierno. Quienes los recibieron, creyeron que el Estado continuaría dándoles los servicios de agua, luz y alcantarillado gratis y se encargaría de la administración y sus costos.  Vandalizaron o robaron los elementos de la cocina comunitaria, las piletas de los baños, los tomacorrientes y los cables de sistema eléctrico, que creyeron serían simplemente reemplazados gratis por el Gobierno. 


Algunos feligreses de Ciudad Rodeo se reúnen los domingos en el quiosco, para orar por la recuperación de su comunidad.

También se negaron a pagar los servicios y las cuotas de administración.  Finalmente tuvieron que pagar los servicios cuando se los cortaron, pero no han querido pagar la administración, por lo que las zonas comunes están en completo deterioro.

El padre Martín, con un tesón admirable, trata semana a semana que se organicen como propiedad horizontal según la Ley 675 de 2001. 

Esta preocupación es compartida por Fabio González Barbosa, el primer administrador de Ciudad Rodeo, quien cree que el problema de este barrio es que como nada costó, a casi nadie le importa:

- “…La seguridad se nos ha salido de las manos, hay un poco de bandidos que nos tiene azotados. 

- “Todos se preocupan por mantener y cuidar las cosas de puertas para adentro de sus casas, afuera no hay ley ni solidaridad”, replica Édgar Mogollón, vecino del sector. 

Una vez puestos manteles blancos sobre la mesa, vasijas y otras ofrendas a Dios, el sacerdote les pide a los feligreses orar por el barrio, por demás, un sitio al cual han llegado retornados colombianos y migrantes venezolanos. 

Dice González Barbosa que Ciudad Rodeo podría ser un conjunto cerrado, como el barrio contiguo llamado Los Arrayanes. “La gente siempre dice que es pobre, pero si tú vas a la casa de ellos, le encuentras en su vivienda un televisor costoso. El problema radica en que la comunidad se dividió y solo algunos quisieron dar los $20.000 de administración que se pedían para mantener el conjunto”. 

En Ciudad Rodeo la gente tiene desconfianza y poco sentido de pertenencia, pocos quieren organizarse y eso ha resultado más costoso, pues de noche algunas zonas son vedadas por la inseguridad. Diferente es la situación en Los Arrayanes, en donde hay zonas verdes, piscina, portería y seguridad. Allí la gente, que sí debió comprar sus casas, por valor de $45 millones, pagando crédito hipotecario, aporta $50.000 por concepto de la administración del condominio.    

“La mayor parte de la gente no tuvo una educación pedagógica para vivir en un condominio, aunque el Gobierno les hizo un par de charlas, pero eso no fue suficiente. La gente estaba acostumbrada a la vida en sus anteriores barrios o zonas rurales y traen costumbres como colgar la ropa en la calle u ocupar el espacio público. Tampoco tienen prevención de no molestar al vecino con música a alto volumen o escándalos. Esto ha generado peleas entre unos y otros, porque cada cual hace lo que quiere”, explica el padre.

Dicen los vecinos de Ciudad Rodeo que la llegada de población venezolana en algunos casos ha empeorado la situación de convivencia. Aunque los apartamentos no podían arrendarse, enajenarse o venderse por un tiempo determinado, otra es la realidad y eso dificulta aún más el control, debido a que nadie sabe quién es el vecino o qué intenciones tiene, comentan. 

La Policía Nacional ha acompañado al sector incrementando los patrullajes, pero esta no es la solución, acepta el secretario de Seguridad y Convivencia, Mauricio Franco, quien dijo que se ha hecho todo por recuperar el sector, pero pocas personas lo han querido. “Hemos ido con todas las dependencias del orden municipal y nacional, pero a la hora de la verdad, tampoco ha habido voluntad del sector, entonces, no sabe uno si es el temor o es falta de pertenencia”, expresó Franco. 

La voz del experto


Susana Marlés Herrera - Profesora Universidad Simón Bolívar 

Con base en una frase del maestro Alfredo Molano (Q.E.P.D.): “No es posible seguir mirándonos con un solo ojo, debemos desnudarnos para saber quiénes somos, para poder vivir juntos con todas nuestras flaquezas y nuestros errores”, lo que ocurre en Ciudad Rodeo, es fiel reflejo de lo que acontece en muchos sitios de la ciudad, del departamento, del país. Por ello, la Universidad, desde su responsabilidad social, su gran compromiso frente a las necesidades del entorno, buscará conocer y de ser posible intervenir esta realidad, desde un proyecto de investigación, liderado por profesores de la institución y estudiantes pertenecientes al semillero de derechos humanos SINDHE.


* Texto producido para la alianza Unisimón - Diario La Opinión. 

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