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La familia, fuente de juventud

Columna publicada el 21 de marzo de 2022 en El Heraldo

Alcanzar la juventud eterna ha sido un anhelo permanente de la humanidad. Son comunes los mitos sobre ríos, lagos, islas y deidades con el don de prolongar la lozanía juvenil y la vida misma de las personas. Diversas culturas a lo largo de la historia han fantaseado con estas leyendas y creencias variopintas que tuvieron origen en civilizaciones antiguas como la mesopotámica, la china y la griega, entre otras.

Hoy en día, a la par de los estudios científicos para prevenir y erradicar efectivamente las principales causas de morbimortalidad que afectan a las personas de la tercera edad, a fin de alcanzar una longevidad en condiciones óptimas, es muy común pretender frenar o esconder los procesos fisiológicos propios del envejecimiento, especialmente los relacionados con el aspecto físico, a través de procedimientos estéticos y quirúrgicos.

Concentrarse solo en la apariencia como manantial único de juventud y, por ende, de felicidad conduce a terminar presos en la idolatría de la imagen y la edad, y no nos permite gozar múltiples fuentes de juventud que tenemos a la mano y que nos proveen de alegría, deseos de vivir, optimismo y placer, todas ellas, pilares fundamentales de la salud mental y espiritual. Para mí, las más importantes son: la familia, los amigos, la expresividad de la solidaridad y el buen empleo del tiempo de ocio como fuentes radiantes de juventud que nos llenan el espíritu de gozo, nos mejoran el ánimo e, incluso, impactan la salud física. Por ello, un poderoso elixir de juventud es la interacción social con la familia y, ante todo, gozar plenamente del mundo jovial de nietos e hijos, por supuesto, sin pretender jalonarlos a nuestra lógica del adulto, pletórica de rigideces y chocheras, sino transportarnos a su edad mental y disfrutar plenamente de su inocencia, sus juegos y su mirada maravillada y llena de curiosidad.

No todos los seres humanos envejecemos al mismo tiempo, de la misma manera, ni con las mismas características; por lo tanto, no tiene que coincidir la edad cronológica con la edad biológica, la edad mental y la edad espiritual. El balance de estas cuatro edades es sumamente determinante para vivir una vejez enmarcada en la felicidad. 

Entre muchas investigaciones al respecto, me llamó la atención una de científicos de la Universidad de Seúl, publicada en 2018, que concluye que la “edad subjetiva” o la edad que sienten tener las personas, se asociaría con la edad y condiciones de sus cerebros. Como explica el estudio: “sentirse subjetivamente mayor que la propia edad puede reflejar un envejecimiento relativamente más rápido de las estructuras cerebrales, mientras que aquellos que se sienten subjetivamente más jóvenes tendrían estructuras mejor conservadas y más saludables”. 

Cultivemos el regocijo de compartir con nuestros seres queridos, asumamos con optimismo las dificultades y maximicemos los momentos satisfactorios; así estaremos siempre inmersos en una fuente de juventud y, seguramente, viviremos más, a gusto con nuestra apariencia y seremos más felices.

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